Móvete co galego!

O noso alumno de primeiro de Bacharelato, Ederxán Souza, presentou este vídeo ao concurso Móvete co galego, organizado polo Instituto da Lingua Galega. O traballo leva por título Danzando verbas.

Na elaboración do vídeo colabora o equipo da biblioteca Safo e o poema do audio está escrito polo profesor de filosofía, José Carou.

Desfrútao e axuda a difundilo en redes!

Microrrelatos desde Boiro

A colaboración e a creatividade dos alumnos e alumnas dos distintos centros educativos de Boiro permitiron que tres dos nosos Papalibros poidan ver a súa obra publicada. Trátase das alumnas Antía García e Lara Sampedro, de 3º de ESO, e Paula Dieste, de 1º de ESO.

Agradecemos a oportunidade que nos brindou a Biblioteca Municipal de Boiro de participar neste reto, e ao propio concello, encargado da edición e publicación do libro, que tendes á vosa disposición xa na biblioteca Safo.

Compartimos aquí o vídeo realizado polo Día do Libro froito tamén da colaboración estreita entre as diferentes bibliotecas de ensino do concello e a Biblioteca Municipal de Boiro.

Chegan as vacacións!

Hai unha morea de libros esperándote na biblioteca Safo para ser lidos neste verán. Novela negra, aventuras, misterio, relatos… Velaquí unha pequena mostra do que podes levar en préstamo:

Un estudio de las cenizas

por HERBERT K. SOMMER

A Herbert K. Sommer debémoslle a autoría da serie Los invisibles, composta, ata o de agora, por dous volumes: El lugar más peligroso del mundo e mais El álgebra de la bestia. O escritor adopta o pseudónimo mencionado para preservar a súa identidade; non obstante, convén lembrar o nome dun escritor que, abofé, ha atopar un oco na literatura hispánica. Tan xeneroso coma talentoso, non dubidou, cando llo propuxemos, en escribir para o blog da Biblioteca Safo o relato que a continuación presentamos. As safistas agradecemos a Herbert K. Sommer o valioso agasallo que dedicamos aos seguidores do blog e, se nos permitides a distinción, aos Papalibros, a rapazada do noso club de lectura que tanta forza nos trasladou. A todos vós, grazas infindas!

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La segunda guerra del Afganistán llovió condecoraciones y entorchados sobre muchos de mis compañeros del 5.º de Fusileros de Northumberland, pero a mí sólo <a> me acarreó miserias. Herido en el hombro por una bala explosiva ghazi (1), la pérdida de sangre y el tifus que contraje en el hospital militar de Peshawar arruinaron de tal manera mi salud y mis nervios que la junta médica me concedió un permiso indefinido y fui repatriado a bordo del Orontes.

Arribé a Portsmouth con terribles dolores en mi herida, una botella de láudano en el bolsillo y una asignación de once chelines y seis peniques diarios. Como todos aquellos que carecen de familia, allegados y un proyecto de vida, acabé recalando en Londres, ignorante aún de cómo lograría costearme el alojamiento.

Tal era mi inquietud cuando, a la salida de una casa de té de Southwark en la que había distraído la tortura de mis heridas tomando la comunión de Baudelaire, me encontré con el joven Radcliffe, a quien había tutelado en el Hospital de San Bartolomé. La dicha del reencuentro me volvió derrochador e invité a Radcliffe a almorzar en el Holborn e incluso pagué la carrera del coche de un caballo en el que nos desplazamos. Durante el trayecto puse a mi amigo al día de mis problemas de habitación.

-Mi querido Hodgson -dijo Radcliffe-, acabará usted por hacerme creer en el destino. Ayer mismo mantuve una conversación parecida con otra persona.

-¿Con quién?

-Con un caballero que trabaja en el laboratorio de química del Hospital. Ha encontrado un buen par de habitaciones demasiado caras para su economía y se lamentaba de no dar con nadie dispuesto a compartirlas.

-¡Feliz coincidencia! Si este señor busca con quién repartirse el gasto, yo soy el hombre que le conviene. La soledad me quebranta los nervios.

El joven Radcliffe me estudió como si sopesase el efecto que tendrían en mi sus palabras y dijo:

-No puedo hablar por James, pues mi conocimiento de él es superficial, pero quizá no sea el compañero de piso que le conviene a usted.

-¿Cómo es eso?

-Porque Montague Rhodes James es uno de ellos.

Esta advertencia me produjo una impresión tan viva como efímera. Al fin y al cabo, hace trescientos años que los Señores tomaron las riendas del imperio y, desautorizadas todas las leyendas ignorantes que les atribuyen una crueldad sádica y malicia mefistofélica, hasta las principales familias británicas y casas reales europeas han emparentado con ellos. Nunca hemos estado mejor gobernados ni fue el Reino Unido tan grande, rico y apacible. Podría haber yo recorrido tras la puesta de sol las peores calles de Spitafields, llevando a la vista mi leontina de oro y un fajo de libras asomado a mi bolsillo, con la razonable esperanza de regresar a mi domicilio ileso y sin merma en mi patrimonio. ¿Por qué habría de suponerle a mi futuro compañero de piso una fibra moral de inferior calidad a la mía o temer de él expresión alguna de violencia?

-Hábleme más de ese James. ¿Estudia medicina?

-Le fascinan toda suerte de disciplinas científicas, pero dudo que tenga pretensiones de seguir la carrera de Galeno. Sus estudios son excéntricos, a falta de una palabra mejor.

-Me intriga. ¿Podría presentármelo? En Afganistán apuré el cáliz de toda una vida de tribulaciones y tumulto. Agradecería la compañía de un erudito de costumbres reposadas.

-Nada más fácil. Podemos encontrarle <b> hoy mismo en el laboratorio.

-Tras la puesta de sol.

Desde mi llegada a Londres me había hallado siempre a cubierto entre el ocaso y la aurora, pues las noches habían sido frías y mi organismo continuaba sensible. Tampoco podía permitirme frecuentar los teatros más prestigiosos, las tiendas caras y los clubes exclusivos, que abren en horario exclusivamente nocturno.

La noche en que conocí a Montague R. James no pude evitar conducirme con curiosidad infantil y me pasé todo el viaje espiando a través de las ventanillas del coche aquel Londres que se me revelaba por primera vez. Cada vez que veía a un lívido peatón o a una dama de ojos feroces los tomaba por Señores, aunque apostaría un año de mi pensión a que ni uno de cada cien de ellos lo era. Estaba a punto de conocer las señales que delatan a un auténtico hijo de las Tinieblas.

-Debo pedirle humildemente que no me haga responsable si no se lleva bien con James -me pidió Radcliffe.

-No le sienta bien el papel de Pilatos, amigo mío. ¿Qué no me ha contado de él?

-No sabría explicárselo, pues Montague James no es hombre proclive a las confidencias. Personalmente le encuentro demasiado cerebral, incluso despiadado en su búsqueda de la precisión científica. Ha sido expulsado de la sala de anatomía por apuñalar un cadáver en el cuarto de disección.

-¡Apuñalar un cadáver!

-Según parece, intentaba determinar las características de las laceraciones post-mortem. Así es James. Soy capaz de imaginármelo negándole el socorro a un amigo envenenado y documentando los síntomas de su agonía tanto como tomando él mismo el veneno con idéntico afán investigador. Tal vez tenga usted más éxito que yo desentrañando sus secretos.

Ya recorríamos los pasillos estucados y desfilábamos ante las puertas de barniz almendra que tan bien conocía. Radcliffe me precedió por el corredor abovedado que conducía al laboratorio de química. Era ésta una habitación de techos altos, amueblada con mesas anchas sobre las que se habían dispuesto retortas, matraces, tubos de ensayo y mecheros Bunsen. Botellas de productos químicos se alineaban contra las paredes. Un único estudiante, embebido en su trabajo, ocupaba la mesa más alejada de la puerta. Al rumor de nuestra entrada, se puso en pie.

-Caballeros -dijo.

Ésta fue mi primera visión de Montague Rhodes James y la primera de un individuo de la Nación de los Señores. Era James no menos de seis pies de alto y tan avaro de carnes que daba la impresión de una mayor estatura. Tenía una mirada incisiva como una lanceta, mientras que sus manos eran delicadas y de largos dedos, moteados de tinta y cáusticos. Su esbelta nariz rapaz y barbilla prominente y cuadrada delataban al hombre arriscado y resuelto. Como uno de los Señores, James habría defraudado mis expectativas de no tener aquella piel opalina en la que se sugería la caligrafía azul de las venas, aquellas pupilas ardientes, espejos en los que se multiplicaba la más desmayada chispa de luz y aquella aura fría que me erizó el vello de los brazos cuando nos estrechamos la mano.

-Un placer, doctor Hodgson. Veo que le sigue importunando la herida que recibió en Afganistán.

-¿Cómo está usted al corriente de eso? -dije, estupefacto.

-¡Ah, bagatelas! ¿Qué importa eso? Acabo de firmar la sentencia de muerte de un hombre -dijo, y nos enseñó un papel reactivo manchado de azul, como si eso lo explicase todo.

-¿No es el resultado que usted esperaba? -dijo Radcliffe, prudente.

-No esperaba ningún resultado. Las conjeturas son el veneno de la razón. Acabo de demostrar científicamente la culpabilidad de un sospechoso de asesinato. Mis barruntos sobre este caso no cambian el resultado de la prueba -y cito de memoria una docena de casos en los que su prueba habría resultado decisiva a la hora de obtener una condena. Radcliffe se rio ante tamaño alarde de erudición general.

-Podría usted escribir un almanaque de crímenes no resueltos -dijo.

-Materiales para la investigación científica de delitos violentos -dijo James-. Puedo suscribirle por seis chelines al año.

-Lo consideraré – rio de nuevo Radcliffe. Entretanto, mi amigo, el doctor Hodgson está buscando madriguera y he tenido la ocurrencia de ponerlos a ustedes en contacto.

-Espléndido -James me miró de nuevo con sus ojos inhumanos-. He visitado unas habitaciones en el 1228 de Baker Street que creo que se amoldan a nuestras necesidades. Si le apetece visitarlas búsqueme aquí mismo mañana, a medianoche, y le haré de cicerone.

-Considerémoslo, pues, un compromiso -estrecha de nuevo su mano, aunque su tacto frío me repelía-. Mañana, a las doce en punto.

Radcliffe y yo regresamos a mi hotel dando un paseo.

-¿Cómo diablos supo que yo acabo de regresar herido del Afganistán?

-Yo ya he renunciado a comprender cómo se las arregla James para averiguar los secretos de la gente con sólo un vistazo. Tal vez sea uno de los poderes de su raza.

El apartamento que James había encontrado comprendía un luminoso cuarto de estar y dos cómodos dormitorios. Tanto nos agradó a ambos y tan razonable era la renta que aquella misma noche nos lo quedamos y al día siguiente acometimos la mudanza.

Montague Rhodes James fue desde el primer día un compañero extraordinario, apacible en el trato y de costumbres regulares. Si no se pasaba las noches en el laboratorio de química, lo hacía en las salas de disección, en las que acababa de ser readmitido, o daba largas caminatas por algunos de los barrios más inhóspitos de Londres. Sus hábitos noctámbulos determinaban que coincidiésemos poco, pues a menudo él se levantaba cuando yo ya me disponía a acostarme o se retiraba poco antes de la hora del desayuno. Sucedió, no obstante, que yo comencé a posponer la hora del sueño y acabé replicando los horarios de mi amigo. El malevolente clima del sur de Inglaterra me proscribía los paseos, no tenía amistades que me visitasen o me incluyesen en sus planes. Solo y miserable, gravité como polilla hacia la álgida llama de mi compañero de piso, intrigado por sus muchos misterios.

James era un prodigio de erudición en todos los campos del conocimiento que no le eran indiferentes. No sabía nada de literatura pero habría abochornado con su sapiencia a un catedrático de química, lo ignoraba todo en materia filosófica pero era capaz de nombrar, por el color y consistencia de las salpicaduras de barro de sus pantalones, los barrios de Londres en los que le habían saltado. Su ignorancia en astronomía era tan colosal como el cosmos mismo, tenía una familiaridad superficial con la política y de la botánica sólo le atraían los venenos y narcóticos que se extraen de la belladona, el beleño y otras especies. Además poseía un conocimiento enciclopédico de la prensa nacionalista. Habría podido citar todos los crímenes perpetrados en una fecha dada.

Fracasé en encontrar una profesión que explicase este currículum.

Tan pronto como hice días de mis noches, descubrí que James era millonario en relaciones de todos los estratos sociales. Cuando llegaba alguno de estos visitantes, a los que él llamaba “mis clientes”, yo me retiraba a mi habitación y James disponía del salón como despacho, cosa que mi compañero no dejaba nunca de agradecerme.

Cuando finalmente triunfé sobre mi delicadeza, o sucumbí a mi curiosidad, James me sacó de dudas con buen humor.

-No pretendía hacer un secreto de mis medios de vida -dijo-. Soy especialista en observación y deducción. Asesoro a los detectives en los casos que superan sus habilidades, examino los elementos de prueba que han logrado reunir y, gracias a mi conocimiento de la historia criminal y a cierta predisposición innata para este oficio, les pongo en el buen camino.

-Luego es así como descubrió que yo venía del Afganistán.

-¿Un hombre con porte de médico y aire marcial, bronceado por el sol de un país tropical pero macilento, señal de sufrimientos físicos recientes, córneas amarillas, síntoma de consumo habitual de algún opioide, y problemas de movilidad en el brazo derecho? Mi cerebro gritó “¡Afganistán!” antes de que mi mente hubiese terminado de procesar las pistas. No hay ninguna mística implicada, amigo Hodgson. Me limito a emplear las mismas herramientas que todos poseemos y que he ejercitado un poco más celosamente que el común de los mortales.

Esa palabra me produjo un escalofrío que no pude disimular.

-Quiere preguntármelo, ¿verdad? -dijo James, bonachón.

Estoy seguro de que enrojecí. James encendió una pipa y se sentó ante mí.

-El tema ha sobrevolado esta casa desde que nos mudamos. Permítame despejar sus dudas: mi resurrección, si podemos llamarla así, constituye un misterio tan grande para mí como para usted, aunque no me cabe duda de que responde a un fenómeno científico que algún día será descrito por los sabios. Nací, de la misma manera que nació usted. Llegué a la edad adulta, ocupado en mis asuntos, y a la edad de treinta y dos años sucumbí a una penosa enfermedad.

Por un momento, la mirada de James se extravió en el infinito, como si reviviese aquella existencia hoy perdida.

-No conozco los mecanismos que impidieron la putrefacción de mis restos mortales, me dieron esta segunda vida y mantienen a raya la senectud -prosiguió mi amigo-. Todo lo que sé es que fui dado por muerto y sepultado y, como El Redentor, resurgí de mi tumba el tercer día, abominando del sol y atormentado por la sed más espantosa que pueda imaginarse.

Me estremecí. James me tranquilizó con una sonrisa.

-Para saciar esa sed fueron instituidas las Casas Rojas, amigo Hodgson -dijo-. Vivimos tiempos civilizados. No tengo necesidad de abalanzarme como un lobo sobre campesinos indefensos o compañeros de piso.

Carraspeé, importunado en mis temores, que hubiese preferido íntimos. Por fortuna, nuestra casera, la señora Hines, interrumpió tan embarazoso momento trayendo un telegrama que mi amigo leyó en silencio.

-¿De qué le hablaba antes? -dijo-. Es de Sheridan, la llama más brillante de Scotland Yard, lo cual está muy lejos de ser un elogio. Ha dado con un caso que reviste cierta dificultad y solicita mi asesoramiento. Bien podría ir a echar un vistazo. He tenido poco trabajo últimamente.

Presa de un rapto de energía, James cambió su batín por un gabán y metió en su bolsillo recado de fumar.

-¿Le agradaría a usted acompañarme, Hodgson? La noche es bastante cálida.

-¿Lo desea usted?

-Me ha preguntado por mis métodos y ahora le ofrezco la oportunidad de verme poniéndolos en práctica. ¿Acaso tiene algo mejor que hacer?

Llamamos a un coche de un caballo y partimos de inmediato.

-¿Qué decia el telegrama? -pregunté a James.

-Un policía ha encontrado un cadáver al investigar una puerta abierta en una casa abandonada de Lauriston Gardens.

-¿Qué cree que nos vamos a encontrar?

-Esperaré a haber examinado el escenario.

-Pronto tendrá oportunidad, pues, o yo me equivoco o ésta es la carretera de Brixton.

James hizo parar al cochero a cien yardas de nuestro destino e hicimos el resto del trayecto a pie. James se detenía cada pocos pasos y examinaba la acera, el suelo, las casas. Llegados al número 3 de Lauriston Gardens, dedicó un buen rato a reconocer la verja, la fachada, el césped, recorrió el sendero muy despacio, atento a las huellas impresas en el barro. Le vi fruncir el ceño dos veces, perplejo.

Un hombre pálido, de aspecto ratonil y rizos blondos salió a recibirnos asido a un cuaderno de pastas de hule.

-Muchas gracias por venir -dijo-. He preservado el lugar tan bien como me ha sido posible.

-Y sin embargo el sendero es prácticamente ilegible -le contestó James-. Una manada de elefantes no habría hecho tanto daño. Amigo Sheridan, ¿vino usted en coche alquilado?

-Por cierto que no.

-Examinemos la habitación.

Sheridan nos condujo al comedor de la casa, desnudo de mobiliario y alfombrado de polvo. El papel pintado de abominable gusto colgaba en grandes tallarines enmohecidos, traicionando un revoco amarillento que comenzaba a desprenderse.

El cuerpo yacía frente a una chimenea barroca con repisa de marmolina. Era un hombre de mediana estatura, anchas espaldas, grasientos rizos negros y barba corta. Vestía levita y chaleco gruesos, pantalón claro y camisa inmaculada y le faltaba el zapato izquierdo. Un sombrero de copa había caído a pocos centímetros de su cabeza. El rostro había quedado congelado en una mueca de horror tan extrema que confería a las facciones del finado un matiz bestial e inhumano.

-El cuerpo no tiene ninguna herida -dijo Sheridan. James ya se había arrodillado ante el cadáver. Palpó su cuerpo, registró sus bolsillos, desabrochó sus ropas y llegó al extremo de examinar la suela de su zapato y oliscar sus labios.

-¿Cuánta gente ha entrado aquí? -preguntó mi compañero.

-Sólo el policía de ronda que descubrió el cadáver y yo.

-¿Ha sido movido el cuerpo?

-Lo imprescindible para examinarlo.

-¿Qué se ha hecho del otro zapato?

-No lo hemos encontrado.

-Ya pueden llevárselo. He terminado con él.

Cuatro hombres que esperaban la orden alzaron al muerto en unas parihuelas y lo sacaron de la casa. James pidió ver el contenido de los bolsillos del desconocido: reloj, cadena y alfiler de oro, sello de una logia masónica, siete libras y trece chelines en monedas, tarjetero de marfil con tarjetas de Jonathan Barnes, Geógrafo, Marylebone, blasonadas con el escudo del Queen’s College.

-He enviado a un hombre a recoger informes a esta dirección -dijo Sheridan.

James se paseó de nuevo por la habitación. Inspeccionó el lugar en el que se había desplomado el hombre de la levita y las huellas que sus pies y los nuestros habían dejado en el polvo. También se asomó al hogar de la chimenea, manipuló el mecanismo de tiro y miró por el cañón de la misma. El policía le observaba con una sonrisa.

-¿Alguna observación que quiera compartir con nosotros, James? -dijo.

-No me atrevo a aventurar una conclusión. No hay suficientes pistas en esta casa.

-Le he visto resolver casos con menos. ¿Hay algo que pueda decirme?

-La víctima llegó sola en coche alquilado, entró sola en la casa, vino directamente a este comedor sin pasar por otra habitación y aquí falleció. No hay señales de violencia, no hay heridas visibles en el cuerpo, no hay olores sospechosos en su boca; así que no fue agredido por ningún medio físico, no fue golpeado, ni herido con un arma, ni envenenado con las sustancias usuales. Me inclinaría a sugerir que ha fallecido por causas naturales, pero es relativamente joven y no tiene aspecto de sufrir enfermedad alguna.

Hizo una pausa, como si hubiese agotado sus razones, y volvió a hablar cuando yo me disponía a hacerlo.

-Mi amigo, el doctor Hodgson, está a punto de sugerir coronaria, pero la coronaria es habitualmente dolorosa y ni este hombre se ha llevado la mano al pecho ni al brazo, como suelen hacer las víctimas de coronaria. Además, miren ese rostro. Casi parece que ha muerto de miedo. Ahora bien, ¿qué pudo asustar tanto a un hombre sano y en buena forma como para causarle la muerte?

Si hay juego sucio, debemos aceptar que el asesino entró en la casa por algún medio misterioso y salió de igual manera, mató a nuestra víctima con un procedimiento por determinar y no dejó pistas. Ni la puerta ni las ventanas han sido forzadas.

-Quizá el asesino ya estuviese aquí, al acecho.

-¿Y por dónde huyó? No hay más huellas que las nuestras y las de la víctima en el jardín y el sendero. Hasta el cañón de la chimenea está taponado con hojas, ramitas, hollín y un viejo nido. Le diré algo más: la víctima entró con dos zapatos y ha sido hallada con uno sólo.

Pese a la incertidumbre, James estaba radiante. Su piel se había vuelto tan luminosa como una lámpara de alabastro.

-Amigo Sheridan, ¡por fin me trae usted un caso interesante! Vayamos inmediatamente a Marylebone. Si nuestro muerto es Jonathan Barnes, su hombre ya habrá despertado a toda la casa.

Abordamos un coche ligero y le dimos la dirección de las tarjetas del muerto.

-A un hombre tan inteligente no tendré que explicarle las implicaciones de este asunto -le dijo Sheridan a mi taciturno compañero de piso.

-Es lo menos que puede hacer, después de interrumpir mis meditaciones.

-Hay un resentimiento oculto entre los súbditos del Imperio. Algunos de nuestros conciudadanos envidian la inmortalidad de los Señores y codician su proximidad al trono. No, no se sonría, James. Cada crimen misterioso, cada hecho inexplicable otorga una nueva excusa a los agitadores que quieren encender la llama de una cruzada.

-Mi querido Sheridan, no estoy más próximo al trono de lo que pueda estarlo usted. Soy un intelectual y no codicio ni regalías ni fortuna. Mi privilegio es poder ejercitar mi talento y mi fortuna es mi trabajo, que nadie puede arrebatarme pues soy el único que lo desempeña.

-Hemos pagado muy cara la paz de la que ahora disfrutamos. En trescientos años el mundo nos ha declarado la guerra nueve veces, acusándonos de haber entregado el reino a Satanás. La gente es supersticiosa e ignorante. Cuando se creen amenazados reaccionan como un único animal salvaje, no como individuos civilizados. Sólo hace falta una chispa para que el fuego se propague.

La elegante casa de Jonathan Barnes en Westminster se parecía muy poco a las deprimentes habitaciones en las que le alcanzó la muerte. Cuando llegamos había luces en todas las ventanas. Supe, sin necesidad de las artes de Montague Rhodes James, que la identidad del fallecido había sido confirmada.

La señora Barnes, una Venus rubia y lánguida a quien había sido necesario reanimar con sales, no reparó en el aspecto de mi amigo cuando fuimos presentados por Sheridan, pero la oronda criada que la atendía sofocó apenas un respingo y el mayordomo tanteó por encima de su camisa un crucifijo o amuleto. Mi compañero fingió no percatarse, pasó revista con la mirada al salón -sus ojos se detuvieron un momento en la chimenea, condenada por gruesos tablones- y se descubrió ante la viuda.

-Señora Barnes, soy Montague Rhodes James. Acepte mis condolencias. ¿Cree que podría contestarme a unas sencillas preguntas?

La joven -pues no podía tener mucho más de veinte años- asintió.

-¿Tiene alguna idea de por qué fue su marido a Brixton?

Ella negó con la cabeza.

-¿Nos autoriza a registrar los papeles de su marido? Tal vez la respuesta la encuentre allí.

La viuda asintió. James atrajo a uno de los hombres de Sheridan con un gesto y le dio instrucciones al oído. El policía se hizo acompañar por el mayordomo y ambos abandonaron el salón.

-Señora Sheridan, ¿estaba su marido bien de salud?

-Sí.

-¿Tenía enemigos que pudiesen desear perjudicarle?

-No. ¿Cómo se atreve a sugerirlo? Es… era un humilde profesor. Enseña… enseñaba geografía en el Queen’s College. Se había tomado una excedencia para escribir un estudio por encargo del gobierno.

-¿Sabe qué tipo de estudio?

-Algo sobre la actualización del censo. Mi marido no discutía conmigo temas de trabajo.

-¿Tienen ustedes calefacción de gas en la casa?

El rostro de la señora Barnes reflejó mi propia perplejidad. ¿Cuál era el propósito de aquella pregunta?

-No. Mi marido quiere… quería instalarla próximamente.

-El gas es indudablemente el futuro -comentó Sheridan-, la electricidad es un interesante juguete para los sabios, pero completamente inútil a efectos prácticos.

-¿Es por ese motivo que la chimenea está tapiada? -dijo James.

La atención de la viuda se desvió por un momento hacia el lar, condenado con grueso roble.

-Mi parido lo dispuso así hace tres semanas, al regreso de uno de sus viajes.

-¿Hizo cegar sólo esta chimenea?

-No. Todas las de la casa. Salvo la de la cocina.

-¿Dio alguna explicación al respecto?

-No.

El policía al que James había hecho salir regresó y le dijo algo al oído a mi compañero.

-Pero, hombre de Dios, no hay nada remotamente parecido a la “simple ceniza” -dijo James-. ¿Es ceniza de tabaco o de alguna otra sustancia? Y, si es de tabaco, ¿procede de un cigarro, de un cigarrillo o de picadura para pipa? Y, si es de un cigarro, ¿es de un Trichinopoly, un Londres o un Ojo de pájaro? En fin, muéstreme esas cenizas -mi amigo se despidió de la viuda Barnes con un vaivén de cabeza y seguimos al policía y al criado hasta el despacho del difunto Jonathan Barnes, austera recámara con una sola ventana y atestada de volúmenes que habían desbordado los estantes de su librería y apuntalaban tabiques y muebles. James examinó el escritorio del muerto, casi sepultado por legajos y cartas topográficas, registró los cajones, hojeó cuartillas. Sacó de su bolsillo una lente de aumento y examinó una curiosa mancha de ceniza en el cartapacio de la escribanía. En su parte interna dibujaba un ángulo recto, como si hubiese caído sobre la esquina de un papel o documento retirado más tarde. Pero no había cenicero en la habitación y la chimenea de aquel cuarto también estaba embozada con tablones. James pellizcó unos pocos granos de aquella sustancia, los estudió de cerca y los olió.

-Madera de encina -dijo. Se volvió hacia el mayordomo-. ¿Queman ustedes madera de encina en la casa?

-No, señor. Desde que sirvo al señor Barnes no se ha usado un brasero en esta casa. Es bien sabido que los vapores del carbón de encina son peligrosos. No encontrará usted ni un grano de picón (2) en nuestra carbonera.

-Interesante -mi amigo se volvió hacia el detective Sheridan-. No veo motivo para seguir importunando a esta familia en horas tan dramáticas. Será mejor que regresemos a casa. Lamento decirle, amigo Sheridan, que esta noche no le seré de ninguna ayuda. Tengo que meditar y reunir más pruebas. ¿Me comunicará los resultados de la autopsia, cuando disponga de ellos?

-Me ocuparé de hacérselos llegar.

-También nos convendría averiguar en qué estaba trabajando exactamente el profesor Barnes. Ese estudio encargado por el gobierno podría estar de alguna manera relacionado con su muerte. No he encontrado nada al respecto entre sus papeles. Tal vez guardaba sus notas en otra parte. Muchas, muchas gracias, querido Sheridan. Este embrujador misterio es de lo más estimulante.

En el coche que nos devolvió a Baker Street, mi compañero de piso sucumbió poco a poco a un decaimiento visible que me hizo temer por su salud. Incluso el nimbo frío que envolvía su cuerpo parecía haberse encogido hasta la superficie de su piel.

-¿Se encuentra mal, James?

-Es el Sueño, mi querido Hodgson. Está amaneciendo, no me he alimentado y las fuerzas me abandonan. Me hundiré en una postración semejante a la muerte y no recuperaré el conocimiento hasta el anochecer. En cuanto me despierte mañana tendré que visitar una Casa Roja y reponer las fuerzas que he consumido en esta investigación. Espero poder derrumbarme en mi cama como todo un caballero -sonrió-. Odiaría abusar de su camaradería haciéndole cargar con mi cuerpo inerte.

-Su dignidad está a salvo conmigo. No se preocupe.

Él sonrió de nuevo.

-¿Es relevante que la ceniza del escritorio de Barnes fuese de encina? -pregunté.

-No se fijó usted, ¿verdad?

-¿En qué debería haberme fijado?

-La habitación donde el cadáver fue hallado -dijo, con un hilo de voz-, la ceniza del hogar también era de encina.

No dijo más aquella noche.

Por espacio de dos días, nada sucedió que merezca ser consignado por escrito. La autopsia de Jonathan Barnes confirmó que había muerto por causas inexplicables y Montague James hizo sus propias gestiones, acerca de las cuales no estimó necesario informarme.

Fue a la tercera noche, después del desayuno, que James me encontró en el salón. Regresaba de la calle y su rostro, de costumbre exangüe y seco, estaba ahora rosado y lustroso, y su mirada vidriosa, semejante a la mía cuando ahogo mis dolores en láudano, me hicieron sospechar que mi compañero de piso también venía de desayunarse.

-Amigo Hodgson, ¿tiene usted planes para medianoche? -dijo, quitándose el abrigo y colgando el sombrero.

-Ninguno en absoluto.

-En ese caso tal vez le agrade acompañarme. He de acudir a una reunión en la que tal vez se me ofrezcan las respuestas que he sido capaz de procurarme por mí mismo.

-¿Esa reunión está relacionada con la muerte del profesor Barnes?

-Hermoso y endiablado enigma, ¿cierto? Una vez descartadas las mil explicaciones más racionales, me siento poderosamente tentado a considerar una intervención sobrenatural.

-Admirable pundonor profesional. Al fin y al cabo, ni siquiera sabemos si se ha producido un delito.

James tomó asiento y puso los pies sobre nuestra mesa de centro.

-¿Eso le preocupa? Permítame disipar sus dudas: Jonathan Barnes fue indudablemente asesinado sometiéndolo a una impresión tan fuerte que detuvo su corazón. Murió de miedo en esa casa de Brixton y la persona que lo citó allí se las arregló para destruir las pruebas. ¿Esa mancha de ceniza que vimos en su escritorio? Alguien la dejó caer cuando, sospecho, retiró el billete, tarjeta o telegrama en el que, bajo cualquier pretexto, se citaba al profesor Barnes en Brixton.

“En este caso, cada misterio tira de otro, como cerezas en un cuenco. El profesor Barnes regresó muy alterado de su última gira de inspección en Snowdonia. Hizo tapiar todas las chimeneas de la casa como si temiese que alguna amenaza pudiera colarse por ellas. Pretendía condenar también la cocina de leña y hacerse traer la comida de un restaurante hasta que les instalasen la calefacción y los hornillos de gas, pero su esposa se opuso a ello, de modo que, cada noche, el profesor Barnes era el último en acostarse, cerraba la cocina y se llevaba consigo la llave hasta la mañana siguiente. Tanto en su domicilio como en la chimenea de la casa de Lauriston Gardens se encontró ceniza de encina. Una casa lleva años abandonada, en la otra no se quema madera de encina -lo he comprobado personalmente- y todas sus chimeneas han sido embozadas. ¿El asesino o un cómplice llevó esa ceniza de Brixton a Westminster, de Westminster a Brixton o a ambas localizaciones desde algún otro lugar? ¿Y cómo se las arreglaron para entrar y salir de ambas casas sin ser vistos ni dejar ninguna huella? ¿Y qué significado tiene la ceniza? ¿Es algo simbólico, ritual, accidental, qué?

-No creerá usted que esa ceniza mató a Barnes.

-Por supuesto que no. Es una sustancia inerte. La he analizado en busca de drogas o venenos, sin éxito. Obviamente el asesino la llevó consigo o la derramó inadvertidamente.

-O la dejó a manera de firma.

-También he considerado esa posibilidad, pero una firma que no podemos interpretar ni sabemos a quién atribuir no nos conducirá más cerca de la verdad. ¡Condenado jeroglífico! Estoy a un paso de admitir la posibilidad de que esa ceniza sea el vehículo de alguna potencia desconocida a la que el profesor Barnes había desafiado.

Como si lo hubiésemos ensayado, ambos miramos al hogar de nuestra propia chimenea, cerrado por una gruesa puerta de hierro fundido. Carraspeé.

-¿Cree que en esa misteriosa reunión a medianoche se nos ofrecerán algunas respuestas? -pregunté a mi amigo.

-No tiene nada de misteriosa. Un atento examen al mensajero me dijo todo cuanto podía querer saber al respecto.

-¡Bueno, esto es intolerable! -me reí-. ¿No ha juzgado conveniente hacerme partícipe de esta información?

-¡Qué imperdonable despiste! Estamos citados a medianoche en el palacio de Buckingham por alguien cercano a la reina.

Confieso que esa revelación me dejó estupefacto y mudo hasta poco antes de la hora convenida.

Diez minutos antes de la medianoche, un carruaje negro y de ventanillas veladas por pesadas cortinas pasó a recogernos y nos dio un buen paseo por Londres con la finalidad, imagino, de despistar a cualquier perseguidor. Antes de subirnos noté, sin necesidad de ninguna inteligencia con mi compañero de piso, la sombra en el barniz de la puerta del carruaje, de donde había sido descolgado el escudo de la casa Tudor.

Cuando al fin nos detuvimos, un criado abrió nuestra puerta, nos deslumbró con la luz del fanal que sostenía en la mano y nos introdujo con tal premura en un corredor tenebroso y frío que no tuve tiempo de hacerme una idea del lugar al que nos habían conducido y cuestiono que James, más sensible que yo a la luz, tuviese mayor fortuna en ese sentido. El mismo sirviente nos guió por pasillos de altos techos, palaciales habitaciones vacías y escaleras angostas doradas por lámparas de gas a media llama.

Llegamos a un magnífico salón iluminado por pesadas arañas y techado por cúpulas sostenidas mediante columnas de falso lapislázuli. Nuestros pies se hundían en una mullida alfombra. Cortinas y postigos cegaban las ventanas. Butacas y sillones dorados, tapizados en púrpura, se alineaban contra las paredes y un solitario piano presidía el balcón. Frente a él, habían colocado una silla de alto espaldar. Mis ojos se emborracharon con tantos detalles exquisitos, los frisos de los arcos, los artesonados de las bóvedas, las volutas de los capiteles.

-El salón de música -susurró James a mi oído.

El sirviente nos dejó solos y apenas tuve tiempo de preguntarme por qué todas las luces estaban encendidas en una estancia vacía cunado un personaje cruzó una de las ciclópeas arcadas. Era un hombre de barba y rizos oscuros que vestía ropas sencillas de paño negro y se conducía como alguien que no necesita exhibir signos de autoridad. Su actitud misma y su mirada grave eran su tarjeta de visita.

-El señor Montague Rhodes James, detective consultor, y el doctor William Hope Hodgson, cirujano castrense de 5.º de Fusileros de Northumberland, actualmente bajo licencia médica indefinida -dijo-. Anticipándome a sus preguntas, es mi deber saberlo todo sobre las personas invitadas a esta casa. Como súbditos británicos y hombres de bien debo exigirles la más absoluta reserva acerca de cuanto van a ver y oír entre estas paredes y sobre esta reunión misma, en la que por nada del mundo deben admitir haber tomado parte. Va en ello el interés del Imperio y la seguridad pública.

-Puede contar con nuestra discreción -dijo James en nombre de ambos.

-Mantendrán en todo momento las distancias con la persona a la que van a ver. No traten de tocarla ni la ofendan con cortesías serviles. Una sencilla reverencia será suficiente saludo y despedida. No la interroguen a menos que ella les invite a hacerlo y no la interrumpan mientras habla.

-Creo que Hodgson y yo sabremos honrar la famosa cortesía británica -dijo James, con una pizca de sorna.

El desconocido se situó a la derecha de la silla y la temperatura de la habitación comenzó a descender. Cuando su majestad Isabel Primera Tudor, reina inmortal del Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda, de Australia, la Columbia Británica, Nueva Inglaterra, Belice, Jamaica, la India y otros territorios se presentó ante nosotros, rutilante en su cerúlea lividez, acentuada por su vestido de tafetán color rubí sin crinolina ni miriñaque, mi aliento formaba nubes y yo había comenzado a tiritar.

El helor de los abismos del infinito acompañaba a la emperatriz eterna, la primera y más anciana de los Señores. No es que hubiese envejecido ni un día desde los veintinueve años. Su rostro en forma de lágrima conservaba la firmeza previa a su transformación en octubre de 1562, cuando una enfermedad que los doctores reales tomaron por viruela la envió al sepulcro, de donde resurgió tres días más tarde, pálida, inmortal, sedienta. La tres veces centenaria soberana tomó asiento frente a nosotros y James y yo nos inclinamos ante ella, diseccionados por sus inhumanos ojos. No pude dejar de encontrarla bellísima aunque al mismo tiempo buscaba en su piel casi traslúcida cacarañas, pecas o imperfecciones que me hiciesen menos insoportable su pavorosa perfección.

-Señor James, doctor Hodgson -dijo, con una voz casi adolescente y sin embargo remota, como si nos llegase desde la infancia del mundo o huyese de nosotros hacia el lejano porvenir-, la Corona les exige que pongan fin a sus pesquisas sobre la muerte del profesor Jonathan Barnes antes de que lleguen a conocimiento de los enemigos del orden y la justicia. No me cabe duda de que cuando les explique las razones de tan extraordinaria petición, no dejarán de hacerme este servicio.

Yo luchaba contra mis temblores, pero su majestad no iba a abreviar su discurso por agudo que fuese mi sufrimiento.

-En primer lugar -dijo Isabel-, el profesor Barnes respondía directamente ante mí. Su misión oficial no era más que una estratagema. Desde sus primeros viajes, el profesor Barnes hizo un descubrimiento que, al principio, no confió más que a su diario: en las localidades más remotas de la Gran Bretaña estaban floreciendo nuevas y exóticas supersticiones. En cada nueva gira por las provincias, el profesor Barnes documentó nuevas y más preocupantes evidencias. Un pueblo entero de Carlisle quemó en una gran pira pública todos los muñecos, títeres y marionetas por temor a que alguno de ellos cobrase vida. Los residentes de Edwistowe dejaron de aventurarse en Sherwood porque, dicen, es el lugar de descanso de una bruja que sume en un profundo sueño a quienes se le acercan y duerme ella misma en un castillo ruinoso, invadido de alimañas y maleza, acompañada de sus sirvientes, víctimas del mismo letargo.

“Un hombre de ciencia como usted, doctor Hodgson, o que haya entronizado la razón y la lógica como usted, señor James, se sentirán inclinados a descartar esas leyendas como producto de la histeria, pero mis responsabilidades no me permiten ese lujo. El profesor Barnes puso en conocimiento de mis ministros las pistas y testimonios que había reunido y, aunque no les dieron credibilidad alguna, yo misma encontré el asunto lo bastante grave como para investir de plenos poderes al profesor Barnes y comisionarlo para emprender nuevas investigaciones. Me figuro que se preguntarán qué interés tenía yo en esta materia.

Ninguno de los dos había dicho nada, pero la reina había adivinado mis pensamientos. Su majestad unió las yemas de los dedos de sus níveas manos y prosiguió.

-En tres siglos he tenido tiempo de consagrarme a las más variadas reflexiones, entre ellas encuentro particularmente intrigante por qué, de China a las Américas, de Escandinavia al África, nuestros antepasados se contaban relatos de demonios bebedores de sangre humana y, sobre todo, ¿qué especie de criatura los ha reemplazado ahora que hemos asumido una existencia real?

Me estremecí incluso antes de que la reina me enfocase con sus ojos llameantes, que la luz de las lámparas convertían en metal fundido.

-Háganse esta pregunta, caballeros: ¿a qué propósito servían esas tradiciones y qué nuevos terrores ocuparán el hueco que han dejado? Vacante el trono del terror, lo han ocupado nuevos horrores de los que nada sabemos. La oscuridad y el misterio han vestido nuevas formas a través de las cuales manifestarse, y si nuestro advenimiento fue anticipado por las pesadillas que compartían nuestros ancestros, ¿por qué los monstruos llamados a sustituirnos no podrían materializarse a través de los mismos medios?

Me embargó una profunda sensación de amenaza. Busqué, aterrado, sombras en las que pudiese acechar algún enemigo tan ominoso que su mera visión supusiese una muerte instantánea, pero no las había, y me pregunté si la iluminación del salón había sido dispuesta pensando en aquel momento.

-Los testimonios de estos nuevos prodigios no han dejado de crecer -dijo la reina-. Y están cada vez más cerca de Londres. Confío haber desarrollado una estrategia para cuando sea imposible mantener el secreto. Si ustedes revelan lo que saben, caballeros, desgarrarán las costuras de este Imperio que llevo trescientos años cosiendo a costa de grandes sacrificios, y mis súbditos serán pastoreados por revolucionarios y demagogos sedientos de poder que les prometerán una solución sencilla e inmediata a esta nueva amenaza. Por el bien de la nación deben olvidar este asunto y destruir cualquier nota que hayan tomado al respecto. El inspector Sheridan está recibiendo estas mismas instrucciones mientras hablamos. No creo haberme equivocado al sopesar su carácter, señor James, si le sospecho necesitado de hacerme alguna pregunta.

Mi compañero se aclaró la garganta antes de hablar.

-Con la venia de su alteza -dijo Montague James-, ¿posee alguna información acerca de la muerte del profesor Barnes o las motivaciones del homicida?

-Sólo puedo ofrecerle suposiciones, dado que no me ha sido concedida ninguna comprensión de las mentes de estas criaturas. Tratándose, no obstante, de seres que obtienen su poder del misterio y el secreto, no es descabellado sugerir que mataron al profesor Barnes para preservar su ventaja. En cuanto al autor, creo que podemos descartar a ese gigantesco gato parlante, calzado con botas de montero, visto en Stoke-on-trent y que huyó de sus perseguidores dando saltos de siete leguas. También a esa pálida reina de una corte de enanos que vive en los bosques de Cocken y que algunos lugareños han tomado equivocadamente por una vampira. Mi principal sospechosa es La Que Mora En Las Cenizas. El profesor Barnes la menciona en sus informes y cartas. Los campesinos de East Anglia le ofrecen zapatos desparejados ante sus chimeneas. Nada más sé de esta criatura, salvo que de alguna manera puede desplazarse de hogar en hogar, como si navegase las cenizas, y que ocasionó la muerte al profesor Barnes simplemente presentándose ante él.

Apreté los puños. Tenía los dedos insensibles y los nudillos azules. La herida de mi hombro lanzaba estocadas a mi pecho. Habría hecho cualquier cosa por un sorbo de láudano. Su majestad me dedicó una mirada de sus felinas pupilas y creí advertir en ellas una luz piadosa.

-¿Y bien, señor James, doctor Hodgson? ¿Puedo contar con su discreción?

Nos inclinamos a la vez, como si lo hubiésemos acordado así.

-Alteza -dijo mi compañero-, las reinas no piden, ordenan, y nosotros estamos a vuestro servicio.

Había mantas calientes en el coche que nos devolvió a Baker Street. Me envolví en una y tomé un buen trago de tintura de opio. Una bendita laxitud se extendió por mis miembros ateridos.

-¡Qué mujer! -exclamó James.

-Una dama de extraordinaria belleza -concedí, amodorrado.

-¡Bagatelas! ¿Cómo pesar en la misma balanza la belleza y el carácter? Es un pensamiento reconfortante que no todas las mujeres del mundo sean unas frívolas muñecas sin cerebro.

Apreté en mi mano la botella de opio y dejé vagar mis pensamientos. Lo permitiese o no el protocolo, descorrí una de las cortinas de nuestro coche y vi desfilar las calles de Londres, leprosas a la luz de gas. Londres la nocturna, en la que mi amigo James ya no podría negar ante el detective Sheridan proximidad alguna al trono. La capital de los inmortales. La Jerusalén de los vampiros. Me estremecí, a pesar de la manta y el láudano. Por primera vez en mi existencia conocí el terror porque, si los antiguos vampiros obtenían su poder del misterio y el secreto, ¿no habrán renunciado a él cuando se expusieron al conocimiento público? ¿No habrán quedado indefensos ante estos nuevos espectros que ahora nos asediaban?

Mi compañero de piso, ávido bebedor de sangre humana, nunca volvería a parecerme amenazador. Le miré. Sus ojos iridiscentes miraban al vacío. Una sonrisa se insinuaba en sus labios pensando, no me cabe duda, en la inminente guerra que íbamos a librar y en los extraordinarios descubrimientos que haríamos cuando nos enfrentásemos a este nuevo linaje de la oscuridad.

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NOTAS del AUTOR

(1).- Un gahzw es una incursión o una operación militar (así se llaman, en las fuentes coránicas tempranas, a las expediciones militares de Mahoma), y un ghazi (plural guzat) es una persona que participa en un gahzw.

(2).- Carbón vegetal menudo, hecho de ramas de encina, jara o pino, que se quema en los braseros.

NOTAS a la EDICIÓN

<a>.- El autor decide mantener la tilde en el adverbio sólo o pronombres demostrativos como ésta, pues entiende que la índole diacrítica de dicho signo se encuentra absolutamente justificada, a pesar de la enmienda de la RAE que elimina su uso.

<b>.- El leísmo se admite en ocasiones como la presente. Se trata de una concesión al lenguaje coloquial en función de la cual le puede emplearse como complemento directo en lugar de lo.

Grazas Papalibros!

Estamos rematando un curso moi intenso. Para nós, as profesoras do equipo da biblioteca, tamén está sendo esgotador este último trimestre. Exames, papeis, memorias, datas que cumprir… todo vai chegando coma unha bóla de neve que se fai cada vez máis grande e non sabemos cando se vai a esnaquizar. Pero do centro mesmo deste remuíño xurdiu cunha forza inaudita a máis fermosa das paraxes en calma, o son enxordecedor da melodía do cariño que os nosos Papalibros nos transmiten sempre, e especialmente no día de hoxe.

É unha homenaxe que recibimos incrédulas pois sabemos, sen que eles se decaten disto, que o mérito non é noso. Que cando din que este é o mellor dos clubs do mundo polo noso traballo, nós sabemos ben que é certo, que este é o mellor dos clubs do mundo, pero grazas a eles. Porque cando dicimos que estamos desexando reunirnos cos Papalibros non mentimos, nin tan sequera esaxeramos. Realmente desfrutamos argallando sorpresas, deseñando actividades e compartindo momentos con este grupo de rapaces e rapazas extraordinarios, que aínda non caeron na conta de que son eles os que moven a roda, de que nós traballamos felices porque eles están ahí sempre cun sorriso detrás da máscara, cun si na boca, cunha man para axudar.

Grazas polo cariño que nos brindades, grazas pola ilusión. Grazas por ser tan agradecidos!

Axúdanos a mellorar

Todo o alumnado e profesorado do centro está convidado a participar nunha enquisa de valoración do traballo realizado polo equipo da biblioteca Safo durante este curso escolar. A túa opinión é importante para determinar as liñas de traballo no futuro.

Tedes o cuestionario no voso correo electrónico oficial. Adícanos uns minutiños do teu tempo!

Xa recibimos as primeiras respostas e queremos agradecer as opinións do alumnado que nos anima a continuar traballando e valora a labor da biblioteca con estes adxectivos tan motivadores para nós:

Recoñecemento para a biblioteca Safo

Hoxe recibimos a boa nova: a nosa biblioteca foi seleccionada, xunto con outros 19 centros galegos de ensino, polo seu traballo na CREAcción Día do Libro 2021.

O noso centro presentou a actividade á Asesoría de Bibliotecas Escolares de Galicia, coa proposta “Espiñeira polo mundo”, da que xa falamos neste blog anteriormente, e que facía un percorrido pola literatura mundial a partir dunha exposición coa colaboración de recoñecidos autores.

Os centros con intervencións seleccionadas recibirán un lote de libros. Parabéns a todo o centro e en especial á xente que colaborou no desenvolvemento da actividade.

Listado de centros seleccionados

Emotiva xornada literaria no Espiñeira

Contábamos con todos os elementos imprescindibles para que o acto resultase (e de feito resultou) un éxito: moito talento literario, dous presentadores sobradamente preparados, un par de actores metidos no papel, moito alumnado implicado nas actividades, un público entregado, e a presenza dun dos mellores escritores do panorama actual galego, Héctor Cajaraville.

Os presentadores no momento no que se revelou o nome dos gañadores do certame

A Biblioteca Safo tivo a gran sorte de poder colaborar na organización deste evento que a principio de curso propuxo, con grande acerto, o Departamento de Dinamización Lingüística. Foi o primeiro, aínda que estamos convencidos de que non será o último, Certame Literario do IES Espiñeira.

O acto, conducido por Paula e Daniel, estivo cheo de referencias a Galicia, comezando coa actuación das nosas pandereteiras e seguido dun vídeo no que os textos da obra De remate, de Héctor Cajaraville, nos levan a facer un percorrido por diferentes escenarios galegos.

Andrea e Paula, inaugurando o acto coas súas panderetas
Vídeo con escenarios galegos baseado na obra De remate, de Héctor Cajaraville

Tamén houbo un oco para recordar a figura de Xela Arias, homenaxeada este ano no Día das Letras Galegas, para o que contamos cun fantástico traballo en forma de vídeo-poemas realizado polo alumnado de 3º de ESO a petición do Departamento de Lingua Galega.

Aproveitamos a presenza de Héctor Cajaraville, membro de honor do xurado, para que nos falase da súa obra e do oficio do escritor. O autor tamén brindou algún consello para os participantes do certame, xente que comeza a súa traxectoria literaria, e que, a ben seguro, continuarán escribindo moitos anos, porque talento teñen de sobra!

O escritor Héctor Cajaraville dirixíndose ao alumnado do IES Espiñeira

Como non podía ser doutro xeito, na Biblioteca Safo tiñamos preparadas unhas sorpresiñas para Héctor. O alumnado volcouse nos proxectos do Booktrailer de De remate e a gran actuación en directo dunha pequena peza teatral que interpretaron maxistralmente Pedro e Violeta, de 3º de ESO.

Booktrailer do libro De remate

Chegado o momento máis importante do acto os presentadores desvelaron o segredo mellor gardado: os nomes dos gañadores do I Certame Literario do IES Espiñeira.

Esta é a lista de premiados e os enlaces para poder ler as obras galardonadas:

CATEGORÍA A

  • 1º PREMIO (VALE DE 30 EUROS E DIPLOMA)
Daniel Ozores recollendo o seu premio da man de Héctor Cajaraville

Autor: Daniel Ozores Chouza

Curso: 1º ESO

Título da obra: Recordos ou soños  

  • 2º PREMIO (VALE DE 20 EUROS E DIPLOMA)

Autora: Uxía Tubío Cadabal

Curso: 2º ESO

Título da obra: ATLANTIS  II

CATEGORÍA B

  • 1º PREMIO (VALE DE 30 EUROS E DIPLOMA)

Nome da autora: Lara  Sampedro Davila

 Curso: 3º da ESO

Título da obra: Unha primeira oportunidade 

CATEGORÍA C

  • 1º PREMIO (VALE DE 50 EUROS E DIPLOMA)

Autora: Mireya Briones Torrado

Curso: 1º Bacharelato

Título da obra: A última carta de Bianca

Mireya Briones recibindo o premio xunto a Héctor Cajaraville
  • 2º PREMIO (VALE DE 30 EUROS E DIPLOMA)

Autora: Nuria Tubío Martínez

Curso: 2º Bacharelato

Título da obra:  Aquel verán do 95

Na imaxe da esquerda as gañadoras dos segundos premios xunto co escritor Héctor Cajaraville.

Antes de rematar o acto fíxose entrega tamén dos premios do VI Torneo de Xadrez organizado pola biblioteca.

Parte do alumnado que colaborou na organización do evento xunto ao escritor Héctor Cajaravile

Xa vedes que non faltou de nada, tan só botamos de menos a presenza de maior cantidade de público, pero as condicións actuais non nos permiten aumentar o aforo. Por iso seguimos utilizando os medios dixitais e as redes sociais para achegar a todos aqueles que non podían estar presentes o calor e a ilusión de todos os que de algún xeito participaron na organización deste evento.

O noso máis profundo agradecemento tamén ao escritor Héctor Cajaraville, que se mostrou sempre colaborativo en todo o que lle solicitamos e que nos fixo desfrutar dunha xornada inesquecible.

Héctor Cajaraville recibindo un pequeno agasallo da man dos presentadores Daniel e Paula
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